Sobrellevar el Dolor

Sobrellevar el Dolor

¿oportunidad o fatalismo?
Publicado: Febrero 2013

En la práctica clínica, el personal de la salud se enfrenta innumerables veces a tener que asistir enfermos que sufren dolor. En su mayoría se trata de dolor físico, en otras, dolor psicológico por pérdida de funciones vitales. El dolor es un tema en el que se entrecruzan aspectos antropológicos y éticos. Antropológicos porque el dolor no es un fenómeno empíricamente medible sino -fundamentalmentesubjetivo y depende del sentido existencial que pueda encontrarle el paciente. Y es un tema ético porque el personal de la salud se ve en la encrucijada de “ayudar” a un enfermo a situarse positivamente ante el dolor o “huir” de ese valiente afrontamiento profesional.

El dolor se presenta, por tanto, como una oportunidad abierta al sentido positivo o como una fatalidad a la que hay que “resignarse” porque “me tocó a mí” y no me puedo librar. En consecuencia, el enfermo que se enfrenta personalmente a esa encrucijada puede tomar por el lado de encontrarle sentido positivo al dolor o renunciar a esa posibilidad y resignarse.

El profesional de la salud, puede buscar ayudar al enfermo a encontrar un sentido positivo al dolor o, por el contrario, renunciar a esa forma de ayuda y considerar que lo único que le cabe hacer es resolverle ciertos síntomas dolorosos a través de sustancias químicas; y apenas alguna otra acción fisioterapéutica más.

En este artículo nos proponemos describir 4 sentidos del dolor que suelen estar presentes en la conciencia de los enfermos, cuando lo padecen. Conocer estas formas de enfrentarse al dolor es esencial para que el profesional de la salud pueda afrontarlas debidamente y cumplir con su obligación moral de ayudar a la integridad de la persona y sus necesidades, y no solo ayudar a paliar ciertos síntomas físicos.

 

EL DOLOR EN PERSPECTIVA ANTROPOLÓGICA

Podemos sistematizar en 4 las concepciones1 que sobre el dolor y el sufrimiento se han ido “decantando” a lo largo de los siglos en el imaginario antropológico occidental:

 

1ª: el dolor solo es una des-gracia

En el mundo judaico era común interpretar al dolor como fruto o consecuencia de que el individuo hubiese pecado. Así, el relato del libro del Génesis en la Biblia muestra que, a partir del pecado, Adán y Eva empiezan a tener que sufrir el sudor de la frente y a vivir al desamparo del paraíso. Y Eva, empieza a experimentar los dolores del parto. Esta concepción que sostiene que detrás de cada dolor hay un castigo por el pecado no es exclusiva del judaísmo precristiano. Las religiones orientales cuando hablan de que el alma se reencarna, aluden al hecho de que, cuando alguien es en esta vida una mala persona -un pecador- se volverá a reencarnar en una persona desgraciada o que tenga algún tipo de padecimiento en una próxima existencia. En efecto, las religiones budistas interpretan que el dolor o la desgracia actual de una persona se debe a que está pagando las consecuencias de haber sido un malvado en una anterior encarnación. En esta primera concepción respecto al dolor, la presencia de éste significa que, quien lo sufre, está despojado de la Gracia o alejado de Dios a causa del pecado. Ergo, el dolor es una des-gracia.

Sin embargo, esta concepción del dolor como des-gracia es superada por el cristianismo. Adelantándose a Cristo, el viejo Job expresa una nueva idea respecto al dolor y al sufrimiento y se niega radicalmente a pensar que las enfermedades que le habían sobrevenido hubiesen sido causadas por su pecado ya que él tenía la certeza de haber sido un hombre justo y haber obrado de acuerdo con Dios. Las palabras de Job han quedado como ejemplo de lo contrario a la pasividad, es decir, como el clamor del justo que exige el esclarecimiento de la verdad y la justicia. En uno de los pasajes bíblicos más interesantes en este sentido Job se enardece y niega rotundamente la doctrina común de aquella época que consideraba que todas las desgracias eran consecuencia de haber pecado. Y dirigiéndose a Dios Job le dice que él es justo y no pecador; en consecuencia, que no encuentra explicación para que le hayan sobrevenido dolores tan atroces (leer Job 13, 1-24 y 27,5-6). El mensaje final del libro de Job es que, si bien el dolor no es consecuencia ineludible del pecado, su sentido último no puede ser comprendido por la limitada conciencia humana.

Esta forma de pensar de Job que se niega a aceptar que su enfermedad fuese castigo del pecado, queda reafirmada definitivamente por aquel pasaje del Evangelio en el que le traen a Jesús un ciego de nacimiento y le preguntan al Maestro: ¿Quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego? En la pregunta estaba perfectamente planteada la ideología del dolor como castigo divino. Pero Jesús, rompiendo claramente con esa ideología dice textualmente: “Ni él pecó ni sus padres; este (dolor) es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn. 9,1-3) La respuesta de Jesús implica la superación de una concepción del dolor como des-gracia (es decir, originada en el pecado de los individuos) y un nuevo planteamiento del sentido del dolor. Éste pasa a ser concebido como oportunidad para la liberación; y la enfermedad, como una ocasión para descubrir algo completamente nuevo en la conciencia del ser sufriente. En el texto evangélico que acabamos de citar, lo nuevo que puede descubrir el ciego son “las obras de Dios” es decir, su misericordia liberadora del mal.

Pues bien, cuando un enfermo concibe que todo dolor es un castigo, experimentará sobre él el permanente dedo acusador “vengativo” de la divinidad y sentirá que su padecimiento es debido a que la ira divina se ha desplegado sobre su camino. Además de tener una imagen muy fatalista de su dolor, este enfermo tiene una imagen muy negativa y vengativa de Dios.

 

2ª. El dolor solo es un des-orden

La concepción del dolor como des-gracia (no tener la gracia o el favor de Dios) es propio del mundo semítico, dentro del cual está el judaísmo. Pero en el mundo griego, y posteriormente a lo largo de toda la edad media, se interpreta el dolor en clave filosófica, como desorden del curso natural de las cosas. Es decir se considera que los entes en el mundo tienen su razón de ser, su orden, su finalidad. Cuando ese orden se cambia o se distorsiona, sobreviene el caos, la enfermedad o el dolor, etc. Dice Hipócrates: “los dolores sobrevienen siempre que hay una transformación y corrupción de la naturaleza. Los dolores se curan por los contrarios”2.

Esta concepción griega del dolor implica un cierto optimismo, ya que al ser causado por el “des-orden” de la naturaleza, si el hombre logra evitar que se produzca esa desarmonía o logra poner las cosas en su lugar, todo vuelve a su cauce que es la salud y la eliminación del dolor.

Una característica de esta segunda concepción antropológica del dolor es su talante negociador. Como se pensaba que las leyes de la naturaleza dependían, en última instancia, de Dios, también la enfermedad o el dolor se conciben como pasibles de negociación y de llegar a un acuerdo con el Supremo Legislador. De ahí que se considerara obvio pedir a Dios la curación o un milagro extraordinario. La arraigada tradición de peregrinar a santuarios o recurrir a los santos para pedir la curación -en una prolongada y persistente negociación con Dios, no exenta de promesas de mejor comportamiento por parte del enfermo- es por todos conocida. Si al cabo de este largo proceso negociador para ser librado de la enfermedad tanto ésta como el dolor permanecían, el individuo lo interpretaba como una prueba purificadora enviada por Dios que -entre otras cosas- le servía para disminuir las futuras penas del purgatorio.

Pero, dejando de lado la vivencia religiosa que puede estar vinculada al segundo sentido del dolor, hay otra vivencia -de tipo secular- que no es menos engañosa: creer y esperar que la medicina y su “todopoderosa” ciencia, ponga en orden las cosas y elimine el dolor del que lo sufre. Ilusa creencia en la medicina que -como disciplina científica- tiene límites infranqueables. Y como la medicina queda “desarmada” frente a ciertos tipos de dolores, en caso que el paciente se ubicara en este tercer sentido del dolor, y pusiera su esperanza en la “todopoderosa” medicina, seguramente verá que sus ilusiones quedan desvanecidas y su dolor sin solución final.

 

3ª. El dolor solo es una des-dicha

En la cultura moderna -a partir del siglo XVII- junto con una ruptura de la visión teológica del mundo, empieza a pensarse que el dolor no es desorden ni desgracia, ni prueba puesta por Dios -tal como lo vimos en las dos concepciones anteriores- sino lisa y llanamente ruptura absurda del bienestar y felicidad del ser humano, impedimento para la dicha o pura amenaza para el hombre.

Dentro de esta tercera concepción -que podríamos caracterizar como secular y romántica-emotivistase piensa que el dolor es única y exclusiva negatividad e imposibilidad de sentido para los sueños y realizaciones del ser humano. En consecuencia la búsqueda del máximo bienestar alcanzable por la medicina se absolutiza y el rol que se exige a los médicos y profesionales de la salud es que se ocupen de suprimir todo dolor y enfermedad.

Ya a partir de Descartes se empieza a creer que la medicina acabará, en un plazo prudente de tiempo, con el dolor y la desdicha. Máxima expresión de esta concepción es la definición de salud de la OMS en 1946: “un estado de perfecto bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de enfermedad”

A partir de esta concepción romántico-emotivista y utópica del dolor, la salud se convierte en criterio de moral: «bueno es lo que produce salud y malo es lo que produce enfermedad o dolor».

Esta interpretación del dolor como sin sentido absoluto, y de la medicina como la institución social encargada de suprimir el sin sentido por medio de la terapéutica médica o psicológica, está originada en una sensibilidad sociológica hoy ampliamente aceptada: una actitud hedonista ante la vida que consiste en la búsqueda del máximo de placer y el mínimo de dolor. Esto implica una imagen triunfalista o prometeica del ser humano. Es como si, quienes se ubicaran en esta concepción, se guiarán por el lema subconsciente de: ¡venceremos el dolor!, ¡acabaremos con la vejez!, ¡suprimiremos los sinsabores!

Naturalmente, que si un enfermo se ubica en esta tercera concepción o sentido del dolor, en la que resulta completamente incompatible: “ser feliz” y, al mismo tiempo, “sentir dolor”, poco y nada se puede hacer para “ser feliz” si se tiene un dolor no mitigable ni eliminable.

 

4ª El dolor es, fundamentalmente, una eu-patía

Ante el dolor, solo caben 4 posturas vitales o interpretaciones ideológicas: la 1ª es negarlo -cosa que nadie hace-; la 2ª.intentar negociar con él, tal como lo vimos en la segunda concepción, la 3º es “rasgarse las vestiduras” y proclamar que es un absurdo o un castigo -tal como lo hace la primera y tercera concepción vistas anteriormente- o finalmente, una cuarta forma de interpretarlo sería la de intentar padecerlo bien, es decir, vivir el dolor como una eupatía.

Esta última tradición de pensamiento existe desde muy antiguo. Ya vimos sus rastros en Job y en Jesucristo. Considerar al dolor como una eu-patía, es considerarlo como algo concordante con la condición siempre limitada del ser humano, que no trastorna irreparablemente el sentido de la vida, al contrario de lo que sostiene la tercera de las concepciones que hemos visto. La palabra griega “eu” significa bueno, y la palabra “pathos” se traduce por pasión o padecimiento. Su unión en un solo vocablo significa “buen padecer” o “padecer bien”. Parecería una paradoja decir que se puede “padecer bien” (de la misma manera que lo es decir que se puede “morir bien”). Pero así como existe la palabra eutanasia para referirse a una muerte tranquila y buena, podemos decir que la eupatía es una buena traducción de esta actitud modesta y humilde respecto a la realidad del dolor que lo entiende como condición ineludible en la vida del ser humano.

Mientras que en la anteriormente expuesta concepción romántico-emotivista del dolor se asignaba a los “peritos” terapéuticos la empresa de acabar definitivamente con los padecimientos, en la interpretación eu-pática del dolor se entiende que el ser humano es intrínsecamente finito y limitado, que puede acabar con ciertos dolores pero nunca evitar que surjan otros nuevos. Esta cuarta concepción no se rasga las vestiduras cuando ve que los médicos han acabado con los dolores insufribles de la gota o con la epidemia de viruela pero que han aparecido otros padecimientos que antes no existían o que han pasado a primer término los que antes permanecían ocultos: droga, alcoholismo, juego, anorexia, hastío, depresión, invalidez, soledad, venganzas, violencia doméstica, traiciones, despidos.

De todos estos dolores, de los antiguos, de los actuales y de los que vendrán en el futuro no nos podemos librar. El dolor es un constitutivo formal de la vida humana. El ser humano es un ser finito y, como tal, sin dolor no es hombre. En la interpretación eupática del dolor éste es concebido como una posibilidad de padecer-bien. No deja de reconocer esta tradición de pensamiento que el dolor es un padecimiento, pero lo considera en sus posibilidades positivas y no en su absurdidad.

Solo el hombre que es “doliente” con aquel “dolorido sentir” -como decía Garcilaso de la Vega- busca, inquiere, investiga, se transforma. Por eso el dolor así concebido es oportunidad de crecimiento y maduración; puede espiritualizar y elevar. “Solo el gran dolor es el último liberador del espíritu” decía Nietzsche.

Y el psiquiatra vienés V.Frankl, que tanto ha reflexionado sobre el dolor y el sin sentido a partir de su propia experiencia de haber pesado 40 kg en uno de los campos de concentración del fascismo, dice a propósito lo siguiente:

“...la vida del hombre no se colma solamente creando y gozando, sino también sufriendo... Por el contrario, el hombre madura en el dolor y crece en él.”...el dolor y la pena forman parte, con pleno sentido de la vida, del mismo modo que la indigencia el destino y la muerte. No es posible separarles de la vida sin destruir su sentido mismo. Querer amputar la miseria y la muerte, el destino y el sufrimiento, vale tanto como pretender quitarle a la vida su forma propia y específica. Son precisamente los golpes del destino, descargados sobre la vida en la forja ardiente del sufrimiento, los que le dan su forma y estructura propias”3.

Estas palabras, dichas en boca de este ex-discípulo de Freud que no habla del dolor en teoría sino después de haber vivido la miseria, el hambre y la debilidad extrema de un campo de concentración, tienen una fuerza especial. La misma idea pero expresada de forma poética la podemos leer en estos versos de Valle Inclán:

“Es la tristeza, divina herencia, corazón, triste, buen corazón. Solo dolores labran conciencia, dolor es la ciencia de Salomón”.

O sea, el dolor lleva a la verdadera sabiduría, que es la ciencia de Salomón.

Palabras Clave: Sobrellevar el Dolor
Código de Artículo: 5050
Fuente / Referencias Bibliográficas:
  • 1 D. GRACIA, El dolor en la cultura occidental En AAVV. Fe Cristiana y Sociedad Moderna 10. Madrid: Ed.SM. 1989, pp.23-40.
  • 2 Citado por D.Gracia. id. p.27
  • 3 V.FRANKL Psicoanálisis y Existencialismo FCE, México, 1950 p.132, 134.

 

Hemos expuesto este tema en nuestro libro: Omar França. Bioética al Final de la Vida. Buenos Aires: Paulinas,2008.

En él se encuentra abundante bibliografía citada. Si los lectores desean ponerse en comunicación nosotros para comentar o hacer reflexiones que aporten sobre este tema pueden hacerlo al siguiente correo: ofranca@ucu.edu.uy

AUTOR/ES DE ESTE ARTÍCULO:

Especialidad: Bioética

Director Cátedra Éticas Aplicadas. Profesor de Bioética. Dpto. Formación Humanística Universidad Católica del Uruguay.

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