Eutanasia activa intencional (3ra parte)

Eutanasia activa intencional (3ra parte)

Bioética en el morir 3
Eutanasia activa intencional
Publicado: Noviembre 2012

RECORDANDO LA HISTORIA

Desde Hipócrates con su juramento (siglo V a.C.) ya queda formulada la tradición occidental respecto a la eutanasia activa intencional: “Jamás daré a nadie una medicina mortal por mucho que me la soliciten”.

Pese a que no se puede decir que la propuesta hipocrática haya sido generalizada entre los médicos de aquel tiempo, su influencia en el desempeño de la profesión médica a lo largo de estos dos milenios es innegable.

Cuando en la antigüedad grecorromana se usaba la palabra eutanasia los autores lo hacían fundamentalmente de acuerdo a su sentido etimológico, es decir, no significaba la acción mediante la cual un hombre aceleraba el proceso de muerte de otro ser humano, sino que se aludía al hecho de que la persona pudiera llegar al fin de su vida por causas más o menos naturales, pero con una muerte calma, rá- pida, en paz y sin dolores. Y si los dolores no se controlaban, existía la posibilidad que el paciente, por su propia voluntad, ingiriese cicuta o cualquier otro veneno para acabar con sus sufrimientos (es decir, se suicidara voluntariamente).

Es significativo el testimonio de Suetonio, un historiador de la antigüedad, que al describir la muerte del emperador César Augusto considera que tuvo la “eutanasia que siempre había deseado”, es decir, una muerte tranquila, rápida y pacífica, pero no porque alguien le hubiera provocado la muerte sino porque ella había acontecido sin sufrimientos.

Los pensadores antiguos que más realzaron el hecho de la “buena muerte” fueron los estoicos, que sostenían que el suicidio era una alternativa heroica ante una vida sin sentido. Consideraban que era propio del sabio asumir su propia muerte –mediante el suicidio– cuando la enfermedad era irreversible o los sufrimientos intolerables.


En los números de setiembre y de octubre de Opción Médica (4:28 /2012/ 62-65) (4:29 /2012/ 36-38) hemos clarificado los numerosos términos relacionados con la Eutanasia. También hemos aclarado que es diferente la valoración ética que puede hacerse a la conducta del paciente que decide suicidarse (y para eso recurre a la asistencia de su familia o de un profesional y suplica reiteradamente que le quiten la vida) y otra valoración ética es la que corresponde a la conducta de la familia o del profesional de la salud que proceden activamente para dar fin a la vida de un paciente, decidiendo por su cuenta. Mientras que la primera situación se refiere al Suicidio Asistido, en la segunda circunstancia estaríamos en la eutanasia activa intencional.

Hemos explicado, en los números anteriores, que una conducta éticamente aceptable es respetar el derecho del paciente a rechazar los tratamientos desproporcionados o inútiles que se le quieran aplicar (cuando ya es irreversible el proceso de deterioro vital hasta la muerte) y otra cosa es la conducta del ensañamiento terapéutico en la que la familia o el médico intentan prolongar la vida del paciente a toda costa. Mientras que la primera conforma la “ortotanasia”(muerte a tiempo) la segunda sería sinónimo de “distanasia” o ensañamiento terapéutico (o muerte a destiempo). En este artículo nos vamos a referir específicamente a la Eutanasia activa directa, es decir, a la acción deliberada de la familia o del personal de la salud, de poner fin a la vida de un paciente –sin su consentimiento- justificando esa decisión en el deseo de “aliviarle” los sufrimientos; y llevando a cabo esa decisión, mediante el empleo de fármacos.

 

DEL SUICIDIO AL HOMICIDIO

Séneca afirma en una de sus cartas: “El sabio se separará de la vida por motivos bien fundados: para salvar a la patria o los amigos, pero igualmente cuando esté agobiado por dolores demasiado crueles, en casos de mutilaciones o de una enfermedad incurable”. “No se dará muerte si se trata de una enfermedad que puede ser curada y no daña al alma; no se matará por los dolores, sino cuando el dolor impida todo aquello por lo que se vive”. “Prefiero matarme a ver cómo se pierden las fuerzas y cómo se está muerto en vida”. “No hay que huir de la vida sino saber dejarla”.

En estos textos resulta claro que los estoicos recomiendan el recurso del suicidio y no que un familiar o amigo mate activa e intencionalmente a otro ser humano.

Sin embargo, la realidad de la eutanasia, entendida no en su sentido etimológico sino como provocar activa e intencionalmente la muerte de otro semejante, también existió en el mundo grecorromano.

El mundo cristiano no conoce ni la palabra eutanasia ni la conducta correspondiente. La Biblia ni siquiera aborda este tema, puesto que lo incluye dentro de lo que sería un homicidio, y por tanto, según el decálogo mosaico lo considera inadmisible.

En los primeros escritores cristianos, sin embargo, hay referencias de oposición a esta práctica (sea como suicidio, sea como eutanasia activa directa) tal como se proponía desde tiendas estoicas. No obstante, el martirio como la aceptación de la muerte, por la causa noble de defender las convicciones y la fe propia, ante la amenaza y coacción del poderoso, siempre fue considerada encomiable y santa.

Durante la Edad Media el tema de la eutanasia desaparece de los autores y vuelve con el Renacimiento.

Se dice que Bacon (1561-1623) fue el primero en usar este término en Occidente, en el sentido actual de ayudar a una muerte sin sufrimiento. Aunque parecería que Bacon postularía la ayuda paliativa en el morir, sus textos también dan a entender que el médico puede “proporcionar, aun sin esperanza de recuperación, un partir de la vida más suave y tranquilo… el arte de facilitar diligentemente una suave partida de esta vida”.

Tomás Moro, en su libro Utopía, sostiene que “los utopistas” (no necesariamente él como autor católico), trataban a los moribundos con cuidado y solidaridad, y que en las enfermedades prolongadas se podía aconsejar al enfermo a que solicitara la eutanasia ya sea por la supresión de alimentos o por la ingestión de veneno (esto sería un suicidio asistido). Pero en su libro “La utopía”, más bien se indicaba que eran los pacientes los que solicitaban acortar su propia vida y no que fuera otra persona la que llevara a cabo la eutanasia activa intencional.

También en Inglaterra, Hume publica en 1785 un ensayo sobre el suicidio en el cual postula el derecho a “despedirse de la vida” con libertad y conciencia, al estilo de los estoicos.

La posición de estos humanistas no se difunde más allá de los círculos académicos y es recién en el siglo XIX que Nietzsche postula, en El ocaso de los ídolos que debe aplicarse la eutanasia a estos

“Enfermos que vegetan perezosamente. El enfermo es un parásito de la sociedad. Llegado a cierto estado no es conveniente vivir más. La obstinación en vegetar cobardemente, esclavo de los médicos y de las prácticas médicas, después que se ha perdido el sentido de la vida y el “derecho a la vida”, debería determinar por parte de la sociedad un desprecio profundo”.

El siglo XX es testigo, por un lado, de la propuesta alemana de la eutanasia de discapacitados y enfermos presentada por Binding y Hoche ya en 1922. Por otro lado, de la fundación en Inglaterra, en 1935, de la Voluntary Euthanasy Legislation Society a fin de crear opinión pública favorable a la legalización de la eutanasia (entendida como suicidio asistido y como activa intencional).

En Alemania, la propuesta de eutanasia de discapacitados surge a principios de siglo como un fenómeno del ámbito científico en general y no del campo político. Es engañoso creer que el programa de eutanasia de discapacitados de Alemania haya sido gestado primariamente por los equipos de Hitler, como podría pensarse. Todo lo contrario, surgió de la intelectualidad alemana cuando todavía no había totalitarismo; partió de dos profesores universitarios: Karl Binding que era catedrático de Derecho y Alfred Hoche, profesor de Psiquiatría. No eran políticos ni militares sino que se sentían parte de las reivindicaciones de la práctica de los médicos y del intelectualismo pragmatista y cientificista de la época. Binding y Hoche plantearon un programa de eutanasia en 1920, trece años antes de que Hitler tomara el poder y veinte antes de que se pusiera propiamente en práctica el programa nazi de eutanasia de discapacitados. La “aberración” histórica de Hitler probablemente contribuyó, entre otras cosas, a que ciertos ámbitos científicos de Occidente se sintieran inhibidos, en adelante, de seguir propugnando tal tipo de conductas éticas luego del genocidio nazi.

Binding y Hoche sostenían que debía eutanatizarse a los que padecían idioccia incurable o deformaciones severas, a los que fuesen enfermos terminales o sanos pero con lesiones severas; también debían eutanatizarse aquellos que estuvieran en coma per- manente como resultado de un accidente o enfermedad. La propuesta de estos dos científicos del derecho y de la medicina apelaba únicamente a la razón, la objetividad y la utilidad. Entre las frases incluidas en el libro de 1922, se encontraban las que afirmaban que “había que discutir las cosas en una forma legal y fría”; “había que basar las discusiones en sólidos fundamentos científicos”; “era necesario usar precisión en las definiciones, evitar ser ilógico, emplear razonamientos correctos”. Sus argumentos principales a favor de la eutanasia se basaban en que que “permitiría usar a la enfermería en trabajos más productivos ya que no estarían cuidando a esas vidas sin valor para sí mismas, o a criaturas que no sirven para la sociedad”; que los enfermos irrecuperables “son un obstáculo, un peso que no sirve para ningún propósito, vidas cuya continuación no tiene interés para una persona razonable”. Por otra parte, Binding y Hoche fueron unos “adelantados” en cuanto a formular razonamientos eufemísticos para referirse a la eutanasia activa intencional. De esa manera hablaban a favor del tema diciendo que dicha conducta significaba “una bendición para el que sufre”, que manifestaba “una profunda compasión”, “una pura acción de curación”, que consistía en “someter a las personas a esta intervención de curación”, en “abreviar la vida”, en “asistir a la muerte”, dar “alivio final”, “muerte con dignidad”, “permitir que el niño muera” y otras expresiones por el estilo.

La autorización de Hitler vino después de que en el campo académico de la medicina y del derecho se planteara como conveniente la eutanasia activa intencional. Y el célebre decreto fue firmado por Hitler el 1º de septiembre de 1936 de una forma muy escueta:

“Reichleader Bouhler y el Dr. Me Brandt han sido especialmente comisionados para extender la autoridad de los médicos designados personalmente para que la muerte por gracia sea garantizada a los pacientes que, de acuerdo al juicio humano, son incurables según la valuación más crítica del estado de su enfermedad. Adolf Hitler”.

Inicialmente el programa consistió en seleccionar a los discapacitados físicos y mentales más severos, aquellos que padecían retardo o desórdenes mentales, enfermedades crónicas de tipo neurológico, parálisis cerebrales y epilepsias. Pero pronto el criterio de severidad se extendió a casos cada vez más variados. Así se fueron incluyendo las afecciones mentales o neurológicas menos severas, a los físicamente atípicos pero no discapacitados mentales (enanos), a los sospechosos de tener taras genéticas o raciales y a aquellos que eran socialmente devaluados (gitanos). Los números nunca fueron exactos. Las cifras son muy variables. Algunas apuntan a que se eutanatizó activa e intencionalmente a 1.000.000 de personas. Entre ellas unos 300.000 habrían sido discapacitados mentales, de los cuales 100.000 eran retardados o deficientes. Otras cifras señalan que fueron unos 70.000 enfermos mentales, de los cuales 5.000 habrían sido niños. Probablemente nadie sepa nunca a ciencia cierta cuántos fueron en realidad. Pero sí se conocen algunos datos más seguros. Por ejemplo, en la ciudad de Berlín, de 16.300 enfermos mentales sobrevivieron sólo 2.400. En una institución Bávara, de 2.500 sobrevivieron sólo 200. Otras instituciones psiquiátricas cerraron sus puertas debido a la “rápida desinstitucionalización” permitida por la “Ley de Higiene” del nacional socialismo. Los lugares de exterminación eran, fundamentalmente, de dos tipos. Unos eran locales especiales de cámaras de gas que existían en cuatro instituciones psiquiátricas, donde se llegaba a recibir hasta 75 pacientes por día y que morían al atardecer. Las otras eran operaciones o unidades de exterminación itinerantes y recorrían las instituciones hospitalarias. Los métodos usados eran gas, venenos, inyecciones con nafta, aire o drogas letales, hambre, supresión de atención médica, exposición a humedad, frío, etc.

En el próximo número de Opción Médica continuaremos este tema, ocupándonos de la valoración ética de la Eutanasia activa directa o intencional.

Código de Artículo: 5002
Fuente / Referencias Bibliográficas:

Hemos expuesto este tema en nuestro libro: Omar França. Bioética al Final de la Vida. Buenos Aires: Paulinas, 2008. En él se encuentra abundante bibliografía citada. Si los lectores desean ponerse en comunicación nosotros para comentar o hacer reflexiones que aporten sobre este tema pueden hacerlo al siguiente correo: ofranca@ucu.edu.uy

AUTOR/ES DE ESTE ARTÍCULO:

Especialidad: Bioética

Director Cátedra Éticas Aplicadas. Profesor de Bioética. Dpto. Formación Humanística Universidad Católica del Uruguay.

Si los lectores desean ponerse en comunicación con nosotros para comentar o hacer reflexiones que aporten sobre este tema, pueden hacerlo al siguiente correo: ofranca@ucu.edu.uy