Ayudando a los enfermos a morir “buenamente” (Parte 4)

Ayudando a los enfermos a morir “buenamente” (Parte 4)

¿Decir la verdad?
Ayudando a los enfermos a morir “buenamente”
Publicado: Junio 2013

Continuamos desarrollando aquí otros aspectos relativos al ser humano que afronta sus etapas finales en la existencia, con el fin de aclararnos de qué manera podemos ayudar al enfermo a morir “buenamente”.

A. ¿Perjudica al enfermo terminal que se le diga la verdad de su situación?

Se da como argumento principal para no decirle la verdad al paciente con pronóstico mortal, el deber del médico de no dañar. Se supone, generalmente, que ocultar ese tipo de malas noticias es más beneficioso para el paciente que revelarlas. Podría ser que ése fuera el caso. El problema ético que nos planteamos es que esa suposición paternalista está basada, generalmente, no precisamente en el deseo de beneficiar al paciente sino en la motivación pragmática del médico de no tener dificultades en su relación con él.

El derecho a ser informado verazmente sobre lo que le acontece, con el fin de tomar las decisiones que le corresponden a sí mismo es un derecho propio de la persona.

El médico, como profesional de la salud es un servidor de la persona y por tanto no le corresponde tomar las decisiones que son propias del paciente.

 

Derechos del enfermo moribundo:

  1. Tengo derecho a ser tratado como una persona humana hasta en el momento de la muerte.
  2. Tengo derecho a conservar un sentimiento de esperanza, cualquiera que sea el cambio que me pueda sobrevenir.
  3. Tengo derecho a ser cuidado por quienes sean capaces de conservar ese sentimiento de confianza ante cualquier cambio que me pueda acaecer.
  4. Tengo derecho a expresar a mi manera mis sentimientos y emociones ante mi propia muerte.
  5. Tengo derecho a participar en las decisiones que afecten a mis cuidados.
  6. Tengo derecho a esperar una atención médica y a una asistencia continuas, incluso en el caso de que haya que cambiar su objetivo de curarme por el de aliviarme.
  7. Tengo derecho a no morirme solo.
  8. Tengo derecho a ser aliviado de mis dolores.
  9. Tengo derecho a que se responda honestamente a mis preguntas.
  10. Tengo derecho a no ser engañado.
  11. Tengo derecho a recibir la ayuda de mi familia y a que ella, para poder ayudarme, también la reciba.
  12. Tengo derecho a morir en paz y con dignidad.
  13. Tengo derecho a conservar mi individualidad y a no ser juzgado por el hecho de que mis decisiones puedan ser contrarias a las creencias de otros.
  14. Tengo derecho a comentar y ahondar en mi experiencia religiosa y espiritual, sea cual sea su significado para los demás.
  15. Tengo derecho a esperar que será respetada la dignidad de mi cuerpo después de mi muerte
  16. Tengo derecho a ser cuidado por personas sensibles, vocacionales y competentes, que intenten comprender mis necesidades y encuentren una satisfacción personal al prestarme su ayuda en mi muerte”

 

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El derecho a ser informadoverazmente sobre lo que le acontece, con el fin de tomar las decisiones que le corresponden a sí mismo es un derecho propio de la persona.

 

Tampoco la familia es dueña del enfermo al punto de decidir en su lugar sobre aquellas cosas que le corresponden al paciente y éste está en condiciones de hacer. La benevolencia de los familiares no se justifica como una violación de la autonomía de decisión que tiene un adulto consciente y libre.

Para que este Principio Ético básico de Respeto por la Autonomía pueda ponerse en práctica, es necesario que se le informe verazmente. No hay decisión consciente y libre sin una información verdadera de lo que acontece.

Pensamos que la relación médico-persona no encierra una implícita autorización al médico de seleccionar las informaciones que se le debe dar o no al individuo. El médico no debería dar por supuesto que sea siempre lícita la conducta tradicional de ocultamiento de ciertas informaciones vitales.

El argumento aducido para hacer una excepción a este derecho humano tan fundamental es porque el Respeto por la Autonomía de decisión entra en conflicto con otro Principio Ético (igualmente básico y de igual categoría que el de Respeto por la Autonomía de decisión) que es el Principio de Beneficencia (hacer el bien). El Principio de Beneficencia implica, en su grado mínimo, no perjudicar al paciente. En su grado máximo de obligatoriedad implica que debemos poner, con benevolencia y solidaridad, nuestra pericia clínica al servicio de mantener, recuperar o rehabilitar su capacidad funcional normal como miembro de la especie. Algunos médicos juzgan, basados en el Principio de Beneficencia, que su deber es no decirle la verdad, causándole una molestia sobreagregada o inútil al paciente. Ante este conflicto de modelos de conductas, cabe que nos preguntemos: ¿Cuál es, pues, el deber del médico con respecto al paciente de pronóstico irreversiblemente fatal?

 

Hay que discriminar dos situaciones éticamente diferentes:

  1. El paciente que, de una u otra manera, no quiere saber de su enfermedad. Al paciente que ha decidido no interesarse por saber de los datos de su enfermedad, el médico no puede imponer su propio criterio ético en contra de la autonomía del paciente.
     
  2. El paciente que quiere saber lo que le pasa. Éste tiene derecho a ejercer ese derecho y ni el médico ni la familia deberían negárselo. Hay que señalar que la lealtad del médico es primariamente con respecto al paciente y, secundariamente, con respecto a la familia; no al revés.

    En el primer caso, hay un derecho que el médico debe respetar. No es el profesional quien tiene que decidir sobre cuáles son los legítimos intereses del paciente.

 

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El médico no puede dejar de intentar conocer la manera de ser y de sentir de su paciente, para juzgar en cada caso si la revelación de la noticia mortal es más perjudicial que beneficiosa.

 

B. ¿Cómo entablar una relación personalizadora que no perjudique?

Sobre el hecho de decir “toda” la verdad al paciente que quiere saberlo hay que tener en cuenta que no basta con afirmar que debe decirse la verdad cuando el paciente lo requiere, sino que hay que saber el cómo. Eso implica una pericia que los médicos nunca hemos adquirido en la facultad de medicina y que trataremos de explicitar en sus líneas más básicas.

Pensamos que la relación médico-paciente no encierra una implícita autorización al médico de seleccionar las informaciones que se le debe dar o no al individuo. El médico no debería dar por supuesto que sea siempre lícita la conducta tradicional de ocultamiento de ciertas informaciones vitales. Su primer compromiso es analizar con sinceridad sus propias motivaciones y sus propias “ganancias” al ocultar una información fatal. No puede dejar de intentar conocer la manera de ser y de sentir de su paciente, para juzgar en cada caso si la revelación de la noticia mortal es más perjudicial que beneficiosa. Si el médico está convencido que “perjudicial” es la simple preocupación por la muerte, es evidente que buscará siempre ocultar la información. El médico podría pensar: “este paciente no gana nada con preocuparse”. Pero ese convencimiento subjetivo del médico podría no ser la forma de pensar de su paciente, que en su autonomía y libertad podría querer saber lo que le sucede y querer ocuparse de ese asunto para prepararse adecuadamente.

En ese sentido el médico que quiere proceder rectamente según la ética ha de responder al paciente de forma: 1) veraz 2) dosificada 3) continua 4) esperanzadora

1. Veraz: quiere decir que debe contestar con la verdad a lo que el paciente le pregunta, no con mentiras. Pero contestar con la verdad no significa decir toda la verdad de una sola vez. Por ejemplo. El paciente podría preguntar: ¿Qué es lo que tengo? Ante esta pregunta el médico puede decir: ¿Ud. que cree tener? Una contestación profesional de este tipo puede servir para conocer si el enfermo quiere saber y asumir la verdad o no.

2. Dosificada: debe contestar lo necesario como para que el paciente pueda decidir si sigue preguntando o si se detiene. Para el médico esa será la señal para saber si verdaderamente tiene interés en averiguar sobre su estado o no. El que marca el proceso es el paciente y no el médico. El médico debe estar disponible, con tacto y benevolencia, para continuar el camino de averiguación que quiera el paciente. Por ejemplo, el diálogo podría ser el siguiente:

3. Continua: esto quiere decir que el médico debe estar dispuesto a que en múltiples ocasiones el paciente pueda reiniciar su proceso de preguntas y avanzar en ellas. El médico debe contestar con la verdad pero la suficiente como para que el paciente indique cuánto quiere de ella.

4. Esperanzadora, continentadora. Si el paciente sigue preguntando hasta el final, el médico puede ir desenmarañando la verdad pero siempre señalando las alternativas de esperanzas que se abren. Recordemos siempre que caminar hacia la muerte no implica perder toda esperanza. Y como decía Epicuro: “Mientras existimos, la muerte no existe; cuando llega la muerte ya no existimos” (Epicuro. Diog. L X, 125). El médico debe ser muy claro en esto. 

 

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El deber del médico no es comunicarle al paciente la objetividad de la noticia de que se va a morir en el corto plazo, sino algo mucho más profundo aún, comunicarle que ese corto plazo es una oportunidad de tiempo positivamente vivible.

 

Ejemplo de un diálogo veraz y benevolente entre un médico y un paciente terminal

Paciente: ¿Qué me ha encontrado en la placa?

Médico: Hemos encontrado una sombra oscura del tamaño de una pelota de ping-pong

Paciente: Y ¿a qué puede deberse eso?

Médico: Puede haber muchas causas, tenemos que averiguarlo

Paciente: (puede detenerse aquí no haciendo más preguntas o:) ¿Y qué causas puede tener esa mancha?

Médico: Y... podría ser un quiste hidático, podría ser un resto de TBC ya curada que haya quedado, podría ser un tumor.

Paciente: ¿Y Ud. qué cree que puede ser?

Médico: Tengo la impresión de que pueda ser un tumor

Paciente: ¿Tumor? Y ¿qué quiere decir un tumor?

Médico: es un tejido anormal del cuerpo que empieza a crecer de forma fuera de lo normal.

Paciente: El paciente puede decidir detenerse aquí o seguir: ¿Y qué se puede hacer con un tumor?.

Médico: hay que ver qué tipo de células tiene. Y según eso, hay que ver si conviene operar o si vale la pena que intentemos detener el crecimiento anormal

Paciente: ¿Y hay posibilidades de que el tratamiento resulte eficaz?

Médico: En muchos casos tenemos éxitos. Pero también hay casos en que el crecimiento del tumor nos pone muchas dificultades. Tenemos que observar cómo va evolucionando. En este momento no puedo hacer pronósticos totalmente seguros al respecto.

Paciente: (puede dejar de preguntar aquí o puede hacer ulteriores preguntas)

Médico: (puede responder al paciente con preguntas verificatorias de su interés:) ¿Y Ud. por qué quiere saber tanto?
Esta última pregunta puede ser la oportunidad para que el paciente manifieste expresamente su deseo por saber y hasta cuándo

 

C. Deber bioético de entablar una relación basada en la veracidad:

Creemos que el médico no tiene derecho de ocultar la información verdadera al paciente que insistentemente quiere saber la verdad de lo que le pasa. Ahora bien, decir verazmente a un paciente que se va a morir, no implica trasmitirle que ya no tiene sentido el tiempo que le queda. El deber del médico no es comunicarle al paciente la objetividad de la noticia de que se va a morir en el corto plazo, sino algo mucho más profundo aún, comunicarle que ese corto plazo es una oportunidad de tiempo positivamente vivible. Comunicarle a alguien que le queda un tiempo corto de vida, no es trasmitirle como mensaje “usted ya no nos importa”. Lo que verdaderamente necesita saber el paciente no es tanto si su plazo es breve o largo. Lo que le importa saber es si él es valioso para quienes le rodean. Si se le comunica ese mensaje, la noticia fatal puede ser asumida con madurez y como una oportunidad para la “última maduración” de la vida, la que se produce cuando el ser humano tiene que enfrentarse ante la irreversible condición limitada de su existencia.

Pero al mismo tiempo que afirmamos el derecho del paciente a exigir que se le diga toda la verdad, también tenemos que afirmar que ningún médico debería imponer la “noticia” fatal, a un enfermo que por motivos psico-afectivos o sociales no quiere saber su condición. La ley tampoco debería obligar nunca al médico a actuar según esa opción.

Sobre el hecho de decir la verdad toda al paciente que quiere saberlo nos extenderemos más abajo. No basta con decir que debe decirse la verdad cuando el paciente lo requiere, sino que hay que saber el cómo. Eso implica una pericia que los médicos nunca hemos adquirido en la facultad de medicina y que trataré de explicitar en sus líneas más básicas en el numeral 3.

Pensamos que la relación médico-persona no encierra una implícita autorización al médico de seleccionar las informaciones que se le debe dar o no al individuo. El médico no debería dar por supuesto que sea siempre lícita la conducta tradicional de ocultamiento de ciertas informaciones vitales. Su primer compromiso es analizar con sinceridad sus propias motivaciones y sus propias “ganancias” al ocultar una información fatal. No puede dejar de intentar conocer la manera de ser y de sentir de su paciente, para juzgar en cada caso si la revelación de la noticia mortal es más perjudicial que beneficiosa. Si se considera que perjudicial es la simple preocupación por la muerte, es evidente que el médico buscará siempre ocultar la información. Pero el médico que piensa para sí mismo: “¿qué gana este paciente con preocuparse?”, no debería dar por supuesto que esa sea la forma de pensar de su paciente, que en su autonomía y libertad puede querer saber lo que le sucede, para prepararse adecuadamente. Seguiremos profundizando sobre cómo ayudar a los enfermos terminales a morir buenamente en el próximo número de Opción Médica.

Código de Artículo: 5103
Fuente / Referencias Bibliográficas:

Hemos expuesto este tema en: Omar França, Bioética al Final de la Vida. Buenos Aires: Paulinas, 2008. En este libro se encuentra citada abundante bibliografía.

Si los lectores desean ponerse en comunicación nosotros para comentar o hacer reflexiones que aporten sobre este tema pueden hacerlo al siguiente correo: ofranca@ucu.edu.uy

AUTOR/ES DE ESTE ARTÍCULO:

Especialidad: Bioética

Director Cátedra Éticas Aplicadas. Profesor de Bioética. Dpto. Formación Humanística Universidad Católica del Uruguay.

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